La muerte de una isla
***
Es un relato ecologista-vital sobre la desaparición de una isla por efecto de la erosión y del tiempo. Es Triste, con una puerta abierta a la esperanza. La vida. Si venís de la alegría no os paréis acá, pasar de largo.
***
Siento que mi vida se me escapa cual charquito de agua recogido en las palmas de la mano, haciendo cuenco, haciendo cauce y aljibe, entre las entrañas de los dedos.
¡La vida se me escapa entre los entresijos de los dedos!.
Con mil rendijas y vericuetos agrietados, fisurados.
Gota a gota, hora a hora, el agua, el tiempo, se la va llevando hacia la región de los muertos.
¡ Si pudiera espesar el agua, o hacer mas tupida y cerradas mis manos ¡
Transmutar el agua en granos de arena, retener el tiempo, engañar a los muertos.
¿Cómo saciaría mi sed con granos de arena? .
¿No viviendo? .
Y llegaría el viento y se llevaría las semillas de arena de mis manos, esparciéndolas lejos.
Adiós briznas de polvo. Adiós. También os escapáis cual gotas de agua.
Y el viento barriendo de las palmas de mi mano la vida aun no atesorada, las semillas, las briznas, los granos de arena.
Grano a grano, día a día, la arena, el tiempo, se la va llevando hacia la región de los muertos.
Transmutaría mis manos en cristal, cual reloj de arena, y encerraría la vida en ellas, agua, granos de arena, semillas, pero Es tan frágil el cristal. Es tan frío. Sin caricias.
No, sin caricias no podría vivir. Y siendo tan quebradizo un día se partiría en mil pedazos y todo pluf, se dispersaría. No, es más fácil poco a poco, cual herida en las venas de las muñecas de las manos, mientras se duerme plácidamente tumbado sobre la arena de la playa desierta y las olas barren la sangre hacia la mar azul y sedienta del rojo, caliente y extraño fluido humano.
Una isla solitaria y pequeñita, desconocida, tan diminuta y tan perdida que jamás barco alguno amarró en su costa, ni pié humano, salvo el mío, hoyó sobre su playa. Allá en medio de un infinitamente inmenso océano de agua, allá donde sólo un día perdido en el calendario una gaviota perdida y cansada, atisbó a localizar desde el cielo y sin saberlo, depositó con sus excrementos, una semilla, allá, en el mundo perdido, en el aislado recóndito universo de un islote extraviado. Y nació. La flor de un día. Una orquídea. Estaba tan feliz que olvidé que la isla se estaba hundiendo. Que la vida se estaba yendo. El tiempo se detuvo. La encerraría en una urna para siempre, de cristal transparente, para tenerla a mi lado, llevarla conmigo, besarla con cuidado a través de la luna de los espejos. Sonreía. Olvidé las horas y los días. Daba color al mundo de grises del islote rodeado de un azul siempre azul. Olvidé los granos de arena resbalando con el viento hacia el océano. Mi isla se iba haciendo más pequeñita, la orquídea más grande y rutilante. En la noche, Venus le guiñaba un ojo entre las estrellas y ella le regalaba, nos regalaba, su aroma, su fragancia, como un bálsamo que apacigua al viento, que apacigua a las aguas. Mientras ella permaneció en la isla, la tempestad huracanada del mar embravecido que agitaba el islote de cuando en cuando, jamás hizo presencia, solo una brisa tenue y cálida. Las horas y los días se hacía segundos. El minutero del reloj vital no corría, andaba pasitos cortos de infante que aprendía a caminar, se eternizaba en el tiempo y en el universo. El agua parecía congelada entre los dedos, hecha hielo en primavera, hecha gelatina y crema, espesa, y no se escurría entre los dedos. La vida no se escapaba. La arena se había transformado en acero y la brisa marinera no podía arrastrarla, no había erosión en la playa. Un día y una noche duraron la alegría. Primero fueron los pétalos, mustios, ajados, después los altivos estambres que esparcieron el polen, millones y millones de granos se perdieron en el océano, en la isla perdida sin más flores, sin hallar un pistilo, sin fecundar. Esfuerzo ímprobo. El pago a su belleza perdido en la soledad de un islote moribundo, que había gozado de su presencia de un día. De las hojas verdes, quedó un rastro en el suelo de la playa; del tallo una ramita seca y las raíces se pudrieron llorando lágrimas dulces, no saladas como las del mar. Venus dejó de guiñar los ojos. La brisa se tornó en viento, el agua en marejada, el viento en tifón, la marejada en agua brava y las olas se estrellaron contra el islote que nadie nunca conoció, que nunca apareció en carta geográfica marina, que sólo permaneció en el recuerdo endeble y pasajero de una gaviota por un minuto al pasar y en el de una orquídea de un día, al vivir.
Se escapa, la vida, se va, la isla recóndita abre las palmas de las manos, ya no tiene fuerzas para mantenerlas unidas, el agua, la arena, escapan a borbotones. La isla se hunde. La sangre fluye en cascada entre los dedos abiertos. El viento barre la arena. Nada queda, nada, excepto unos granos de polen flotando sobre las aguas de un océano ya en calma. Ahora si otra gaviota pasara, desde lo alto, no divisaría nada. Ninguna isla. Ha muerto ahogada. La vida se ha escapado por entre las palmas de la mano. Las aguas se la ha tragado para siempre. La vida se hizo muerte.
Y un pez sin nombre, devorando el plactom marino del océano, recogió el polen de la orquídea y una gaviota perdida, devorando peces, recogió el polen y en otra isla, un día, nació una orquídea.
Es un relato ecologista-vital sobre la desaparición de una isla por efecto de la erosión y del tiempo. Es Triste, con una puerta abierta a la esperanza. La vida. Si venís de la alegría no os paréis acá, pasar de largo.
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Siento que mi vida se me escapa cual charquito de agua recogido en las palmas de la mano, haciendo cuenco, haciendo cauce y aljibe, entre las entrañas de los dedos.
¡La vida se me escapa entre los entresijos de los dedos!.
Con mil rendijas y vericuetos agrietados, fisurados.
Gota a gota, hora a hora, el agua, el tiempo, se la va llevando hacia la región de los muertos.
¡ Si pudiera espesar el agua, o hacer mas tupida y cerradas mis manos ¡
Transmutar el agua en granos de arena, retener el tiempo, engañar a los muertos.
¿Cómo saciaría mi sed con granos de arena? .
¿No viviendo? .
Y llegaría el viento y se llevaría las semillas de arena de mis manos, esparciéndolas lejos.
Adiós briznas de polvo. Adiós. También os escapáis cual gotas de agua.
Y el viento barriendo de las palmas de mi mano la vida aun no atesorada, las semillas, las briznas, los granos de arena.
Grano a grano, día a día, la arena, el tiempo, se la va llevando hacia la región de los muertos.
Transmutaría mis manos en cristal, cual reloj de arena, y encerraría la vida en ellas, agua, granos de arena, semillas, pero Es tan frágil el cristal. Es tan frío. Sin caricias.
No, sin caricias no podría vivir. Y siendo tan quebradizo un día se partiría en mil pedazos y todo pluf, se dispersaría. No, es más fácil poco a poco, cual herida en las venas de las muñecas de las manos, mientras se duerme plácidamente tumbado sobre la arena de la playa desierta y las olas barren la sangre hacia la mar azul y sedienta del rojo, caliente y extraño fluido humano.
Una isla solitaria y pequeñita, desconocida, tan diminuta y tan perdida que jamás barco alguno amarró en su costa, ni pié humano, salvo el mío, hoyó sobre su playa. Allá en medio de un infinitamente inmenso océano de agua, allá donde sólo un día perdido en el calendario una gaviota perdida y cansada, atisbó a localizar desde el cielo y sin saberlo, depositó con sus excrementos, una semilla, allá, en el mundo perdido, en el aislado recóndito universo de un islote extraviado. Y nació. La flor de un día. Una orquídea. Estaba tan feliz que olvidé que la isla se estaba hundiendo. Que la vida se estaba yendo. El tiempo se detuvo. La encerraría en una urna para siempre, de cristal transparente, para tenerla a mi lado, llevarla conmigo, besarla con cuidado a través de la luna de los espejos. Sonreía. Olvidé las horas y los días. Daba color al mundo de grises del islote rodeado de un azul siempre azul. Olvidé los granos de arena resbalando con el viento hacia el océano. Mi isla se iba haciendo más pequeñita, la orquídea más grande y rutilante. En la noche, Venus le guiñaba un ojo entre las estrellas y ella le regalaba, nos regalaba, su aroma, su fragancia, como un bálsamo que apacigua al viento, que apacigua a las aguas. Mientras ella permaneció en la isla, la tempestad huracanada del mar embravecido que agitaba el islote de cuando en cuando, jamás hizo presencia, solo una brisa tenue y cálida. Las horas y los días se hacía segundos. El minutero del reloj vital no corría, andaba pasitos cortos de infante que aprendía a caminar, se eternizaba en el tiempo y en el universo. El agua parecía congelada entre los dedos, hecha hielo en primavera, hecha gelatina y crema, espesa, y no se escurría entre los dedos. La vida no se escapaba. La arena se había transformado en acero y la brisa marinera no podía arrastrarla, no había erosión en la playa. Un día y una noche duraron la alegría. Primero fueron los pétalos, mustios, ajados, después los altivos estambres que esparcieron el polen, millones y millones de granos se perdieron en el océano, en la isla perdida sin más flores, sin hallar un pistilo, sin fecundar. Esfuerzo ímprobo. El pago a su belleza perdido en la soledad de un islote moribundo, que había gozado de su presencia de un día. De las hojas verdes, quedó un rastro en el suelo de la playa; del tallo una ramita seca y las raíces se pudrieron llorando lágrimas dulces, no saladas como las del mar. Venus dejó de guiñar los ojos. La brisa se tornó en viento, el agua en marejada, el viento en tifón, la marejada en agua brava y las olas se estrellaron contra el islote que nadie nunca conoció, que nunca apareció en carta geográfica marina, que sólo permaneció en el recuerdo endeble y pasajero de una gaviota por un minuto al pasar y en el de una orquídea de un día, al vivir.
Se escapa, la vida, se va, la isla recóndita abre las palmas de las manos, ya no tiene fuerzas para mantenerlas unidas, el agua, la arena, escapan a borbotones. La isla se hunde. La sangre fluye en cascada entre los dedos abiertos. El viento barre la arena. Nada queda, nada, excepto unos granos de polen flotando sobre las aguas de un océano ya en calma. Ahora si otra gaviota pasara, desde lo alto, no divisaría nada. Ninguna isla. Ha muerto ahogada. La vida se ha escapado por entre las palmas de la mano. Las aguas se la ha tragado para siempre. La vida se hizo muerte.
Y un pez sin nombre, devorando el plactom marino del océano, recogió el polen de la orquídea y una gaviota perdida, devorando peces, recogió el polen y en otra isla, un día, nació una orquídea.
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